jueves, 2 de julio de 2015

Empujada al pasado - Nina Hart

Empujada al pasado

Era una fría mañana de invierno. Me estiré bajo las mantas, me desperecé, miré el reloj y vi que, efectivamente, otro día más llegaba tarde. Suspiré y me levanté corriendo en dirección a la ducha.
Me aseguré de que el agua estaba templada y me metí bajo el chorro de agua de la ducha. Una vez dentro, me enjaboné, me aclaré y me lavé el pelo a toda prisa.
Después de salir de la ducha, secarme con la toalla todo lo rápido que pude y vestirme con lo primero que encontré, me puse las deportivas y salí de casa.
Bajé los escalones y llegué a la calle. Una vez allí, procuré apresurarme un poco más y fui andando a marcha rápida hacia la universidad.
Mientras iba absorta en mis cosas; deberes, algunas cosas del trabajo y preguntándome si debería esconderme en la biblioteca de la universidad o enfrentarme a las miradas mortales de mi profesor de Lengua, alguien que pasó por mi lado me dio un empujón en el hombro y, gracias a Dios, solo me hizo tambalearme hacia un lado.
Después de tocarme el hombro que se había llevado el impacto de una persona con unas prisas fuera de lo común, me descubrí dirigiendo la vista hacia atrás y lo único que vi fue una espalda que me hizo abrir desmesuradamente los ojos adornada con un abrigo negro. Por Dios, si aquel era el cabrón que me había hecho tambalearme del empujón, poseedor de una espalda como no había visto ninguna igual, lo que me extrañaba es no haberme caído al suelo después de semejante placaje.
Con gran esfuerzo me obligué a dejar de mirar aquel cuerpo que se alejaba engullido por la multitud y a mirar hacia adelante, o esta vez sí que me caería de verdad y no quedaría solo en un susto.
Después de andar unos cuantos minutos más hacia la universidad, por fin llegué.
Recorrí los pasillos a toda prisa, me encaminé hacia el aula y procuré entrar sin armar mucho revuelo. Después de abrir la puerta, lentamente me fui hacia el primer sitio libre que me encontré.

El profesor al darse la vuelta dirigió su mirada hacia mí y yo, como queriendo hacerme la despistada, me dediqué a sacar mis cosas de la bandolera que llevaba colgada al hombro. Se me quedó mirando, pero por suerte no dijo nada. Se conoce que se había levantado con buen pie... No como yo y mi encontronazo con el señor del empujón.
Me dispuse a atender en clase todo lo que pude y así pasé la mañana, entre clases y más clases hasta que llegó la hora de la comida.
Se me había olvidado decir que mis amigas Mary y Stefanie me acompañaban a casi cualquier parte. Una de ellas, Stefanie, vivía por su cuenta. La otra, Mary, era una de mis compañeras de mi piso.
Iban hablando de su fin de semana. Stefanie se había ido unos días a visitar a su familia, que era de la zona rica de California... Y Mary y yo nos habíamos quedado aquí, las dos trabajando en un restaurante algo coqueto e interesante para la gente guapa de Boston.
Chicas, algún día tenéis que venir a conocer a mi familia y a visitar California, os va a encantar —decía Stefanie con toda su ilusión.
Iremos —le aseguró Mary—, pero con los horarios que tenemos en Bon Appétit no te podemos prometer nada.
Bon Appétit era el restaurante de alto postín en el que trabajábamos ambas para pagarnos la carrera de periodismo, que no era precisamente barata.
Espero que para Navidades nos dé algunos días más libres además de los que ya tenemos acordados para las fiestas. Nos lo debe —dije esbozando una sonrisa y con ganas de que llegara la Navidad, aunque no era una de mis épocas favoritas del año.
Estoy contigo, Ashley, pero no sé si podremos cogernos los días las dos al mismo tiempo, ya sabes que según él —dijo Mary haciendo el gesto de comillas con las manos para darle más sarcasmo— nos necesita.
¡Pues yo quiero unos días libres! —dije alzando el brazo para darle mayor énfasis—. Nosotras sí que lo necesitamos —dije con convicción.
Mary se echó a reír y Stefanie sonrió.
Después de decidir en qué mesa nos sentábamos, pedimos lo de siempre para comer y seguimos charlando. Evité mencionarles el encuentro de esa mañana con aquel desconocido del empujón... La verdad es que era una tontería darle tanta importancia a algo que pasa todos los días en una ciudad como Boston, así que intenté olvidarlo y seguí hablando con mis amigas hasta que nos tocara la siguiente clase, que era dentro de una hora.
A las siete de la tarde salimos y fuimos en dirección al piso compartido que teníamos cerca de la universidad. Stefanie se vino con nosotras.
Nos fuimos cada una a nuestro cuarto. Me puse unos pantalones negros y una camiseta también negra a la vez que me calzaba unos zapatos planos para aguantar todo el jaleo que me esperaba en el trabajo.
Cuando salí, Stefanie estaba sentada en el pequeño sofá frente a la tele cambiando de canal. Se me quedó mirando y luego miró hacia la puerta de la habitación de Mary... Ella solía tardar más en cambiarse que yo.
Espera unos minutos, ahora saldrá —dije mirando hacia su puerta yo también.
Apenas había terminado de decir la frase cuando Mary salió de su cuarto con una pose de artista de la televisión que nos hizo sonreír a todas de oreja a oreja.
Tachaaaaaán —dijo extendiendo los brazos.
Venga, artista, vámonos de juerga al restaurante —repuse yo medio riéndome.
Y yo que pensaba que nos íbamos a tomar unas copas las tres —dijo poniendo cara triste.
Me reí.
Más quisieras y más quisiera yo, pero no.
Stefanie dio una palmada y señaló la puerta.
Venga, chicas, cuando menos lo esperéis, habréis acabado el turno y estaréis de camino a casita.
Dios te oiga —dijo Mary.
Suspiré con ganas y nos fuimos las tres de allí. Stefanie nos acompañó al restaurante y allí se despidió de nosotras. Luego Mary y yo fuimos hacia la puerta de los empleados y pasamos por allí.
Dentro, en las cocinas, había un jaleo sin igual. Los cocineros de un lado a otro, el chef dando órdenes, Danny aconsejando a algunas camareras al fondo de las cocinas para no molestar a los que estaban cocinando... Y al verlo, nos dirigimos hacia allí.
Lo saludamos las dos con la cabeza a la espera de órdenes de su parte y éstas no tardaron en llegar.
Mary, Ashley, dirigíos a la mesa 2 y 7 respectivamente. Tenéis que llevarles las bebidas. De momento os dedicaréis a eso, ¿de acuerdo? Una vez los platos estén listos, podréis ir sirviéndolos.
Asentimos las dos y cogimos las bandejas que estaban encima del mostrador repletas de bebidas.
Bien. ¡Allá vamos! —dijo Mary con seguridad y yo asentí.
Me dirigí a la mesa 7 con la bandeja cargada y serví las bebidas a cada uno de los que allí estaban. Era una mesa llena de hombres. Todos jóvenes, aunque a algunos se les notaban más los años que a otros... Concretamente había uno que me llamó la atención, pero solo le dediqué un vistazo. No quería demorarme más de la cuenta sirviendo las bebidas, ni tampoco tener ningún percance con ellas delante de los hombres.
El hombre que me había llamado la atención seguía observándome con disimulo y yo no pude evitar ponerme un poco nerviosa al notarlo.
Al preguntar de quién era la copa de vino blanco que tenía en la bandeja y ver que nadie la reclamaba, ya pensaba que se habían equivocado al ponerla allí cuando él, con voz grave, dijo:
Es mía.
Respondió sin parar de mirarme y yo, sin poder apartar la vista de él, cogí la copa como una autómata y la dejé en su lugar. Después de conseguir despegar mi mirada de él, intenté recuperar la compostura que había perdido, pues estaba segura de que estaba haciendo el ridículo más absoluto y eso era algo que no podía ni debía permitirme.
En unos minutos vuelvo con lo que han pedido para cenar. Si me disculpan, debo marcharme. En un rato estoy con ustedes.
Tras hacerles una señal con la cabeza, cogí la bandeja y me alejé lo más rápido que pude. No sabía por qué, pero tenía un nudo en la garganta y a la vez el corazón me latía acelerado.
Me apresuré hacia la cocina, entré casi corriendo y me apoyé en la encimera que había libre.
Danny, que me vio, se apresuró hacia mí con cara de preocupación.
¿Te ocurre algo? Has entrado muy rápido y casi sin parar.
No, no es nada, es solo que estoy un poco agobiada.
Sabes que si ocurre algo, puedes decírmelo. Soy algo exigente con vosotras, pero es que quiero que todo vaya bien, ya lo sabes.
Lo sé, no tienes de qué preocuparte, Danny. Estoy bien.
De acuerdo.
Me dio un apretón en las manos y decidió dejarme sola unos minutos. Al rato vino Mary y se me quedó mirando también con cara de preocupación. Joder, ¿es que ahora soy un libro abierto o qué?
¿Te pasa algo?
No.
Se me quedó mirando con cara de extrañeza, pero decidió no indagar más.
¿Qué tal con la mesa 7?
Bien. Les he llevado sus bebidas y me he venido a ver si pronto están listos los platos que han pedido. ¿Y tú qué tal con la 2?
Bien también. Era un matrimonio con ganas de cenar una noche fuera de casa, o eso me ha parecido.
Después de que me diera esa respuesta, me dieron ganas de tirarme de los pelos. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil para mí y tan fácil para los demás?
Pero sin quejarme, esbocé una sonrisa y esperé a que trajeran la cena de los señores de la mesa 7.
Al rato volví, esta vez con los platos que habían pedido para cenar e intenté tranquilizarme. Ese hombre me ponía muy nerviosa.
Le serví a cada uno su plato con una sonrisa y una tranquilidad que ni yo misma sabía de dónde había salido. Hasta que llegué a donde estaba él. Sin saber por qué, se me ocurrió dirigir la mirada hacia su espalda y fue entonces cuando, como si de una película se tratara, me acordé del empujón de esa mañana y del cabrón que me lo había dado.
El hombre enigmático, que estaba a mi izquierda, ahora me estaba mirando abiertamente con una media sonrisa en la boca. Me hacía sentir como si supiera lo que justo se me había pasado por la cabeza hace apenas unos instantes.
Aquí tiene. Buen provecho —dije con la voz ligeramente ronca y dejé el plato en la mesa como si quemara.
Y con una inclinación de cabeza y una ligera sonrisa me fui. Estaba deseando alejarme de allí, aunque al mismo tiempo, me hubiera gustado estar más tiempo cerca de él... Lo que era una tontería porque no lo conocía de nada.
Casi una hora después los hombres de esa mesa me hicieron una señal pidiéndome la cuenta. Fui hacia la cocina, saqué la cuenta y la dejé sobre la mesa al tiempo que me retiraba.
Apenas me había dado la vuelta cuando el hombre enigmático, como lo había bautizado para mis adentros, me llamó.
Señorita —me dijo sin alzar la voz, pero con autoridad al mismo tiempo, y me acercó su tarjeta de crédito.
La pasé por el datafono que tenía en una alacena cercana y se la entregué.
Aquí tiene. Buenas noches.
Buenas noches —dijo como si nada.
Me fui de allí y seguí con mi turno, aunque mi cabeza seguía recordando a aquel hombre con todo detalle.
Al rato los vi marcharse en un descanso que me tomé y, no sé por qué, pero eché de menos que se quedaran, sobre todo él. El hombre enigmático.
Al terminar el turno, Mary y yo cogimos nuestros abrigos y salimos a la calle. Hacía bastante frío, quedaban solo unas semanas para Navidad y se notaba, y no solo en las luces que adornaban las calles.
Bajábamos los escalones hablando cuando un brazo me cogió por el codo y yo me sobresalté.
Mary se giró a la vez que lo hacía yo y al hacerlo me topé de frente con él.
¿Quién es usted? ¿Y qué quiere?
Puso el modo interrogatorio ON, pero él no se achantó.
Perdone señorita, pero me gustaría hablar con su amiga un momento.
¿Le conoces? —me preguntó Mary con mirada inquisitiva.
«La verdad es que no» quise contestar, pero se me adelantó.
Nos hemos conocido dentro, en el restaurante, mientras ella nos servía la cena.
«Menudo mentiroso está hecho», pensé.
Ella seguía siendo escéptica, y yo también, la verdad. ¿Para qué querría hablar conmigo?
E hice una tontería. Lo sabía incluso antes de abrir la boca y pronunciar las palabras.
Está bien, Mary, no te preocupes. Hablaré con el señor unos minutos y luego volveré a casa.
¿No quieres que te espere? —preguntó ella sorprendida.
No me extrañaba nada su actitud, yo no solía hablar con cualquiera así como así.
No, Mary. Hace mucho frío y te aseguro que puedo volver sola a casa.
De acuerdo —desistió y se acercó a darme dos besos, pero antes le echó una mirada recelosa a aquel hombre.
Se fue y, mientras la veía alejarse, me volví con repentino interés.
¿Se puede saber qué quiere? Usted y yo no nos conocemos de nada.
Se me quedó mirando y me acercó la mano.
Eso tiene arreglo. Me llamo Marc Wilder y me gustaría conocerla.
No daba crédito. ¿Me estaba tomando el pelo?
¿Me hace despedirme de mi amiga en plena noche para presentarse? —Se me escapó una sonrisa al darme cuenta de la situación tan ridícula que estaba viviendo.
Él esbozó una sonrisa también.
Perdone, es que no sabía si volvería a verla y quería hablar con usted.
¿Tan urgente es?
Sí. No puede esperar.
Fruncí el ceño y antes de poder hacerle otra pregunta más, me cogió del brazo y me acercó a él. Noté una corriente eléctrica que me subía por el brazo hacia el hombro y me recorría entera. Su aliento me llegaba a la barbilla y me acogió en sus brazos. Estaba tan a gusto allí que no me estaba percatando de nada de lo que pasaba a mí alrededor, pero debía apartarme antes de empezar a perder el juicio. Porque sabía que si seguía abrazada a él lo haría y aún no sabía quién era ni qué quería.
¿Esto es lo que no puede esperar? —pregunté incrédula.
Me miró y yo me percaté de que esos ojos de color caramelo me estudiaban muy atentamente. Parece que tenía un don para quitarme la facilidad de palabra cuando lo tenía cerca. A pesar de ser un desconocido para mí.
No. Lo que no puede esperar es esto.
Se abalanzó sobre mi boca y me besó. Pero no era un beso cualquiera. Era apasionado y a la vez tierno, amoroso pero sensual. Y yo le respondí. Parece que mi conciencia y mis sentidos se habían separado e iban cada uno por su lado. Mi conciencia me decía que me apartara, pero mis sentidos parece que le reconocían como una parte de mí.
Le besé, metí la lengua en su boca y le saboreé. Él subió las manos por mi espalda y me cogió de la nuca con sus manos cálidas, algo que me hizo exhalar un suspiro. Me saboreaba de una forma lenta y tranquila, algo totalmente contrario a lo que yo sentía... A mí me podía la urgencia y el deseo.
No sé de dónde saqué las fuerzas para despegarme de él ni de su beso, pero lo hice. Me quedé mirándole con la respiración agitada y sin saber qué hacer, pues mi cerebro seguía abotargado.
Él se lamió los labios, distrayéndome una vez más.
Tenía razón. Es usted tan deseable como imaginaba.
No podía creerlo. ¿Es que se le había ido la cabeza?
¿Quién es usted? —pregunté, esta vez enfadada.
No me refería a su identidad ni al nombre que le habían puesto al nacer. Me refería a algo mucho más profundo.
No puedo contestarle a eso, pero sí sé muchas cosas de usted y me gustaría seguir conociéndola. Espero que usted quiera conocerme a mí también.
Y seguía con el usted, a pesar de que me había besado hasta casi tocarme el alma. No lo entendía y me daban ganas de irme y no volverle a ver nunca, pero sabía que me podía la curiosidad.
Dígamelo o «usted» y yo no volveremos a hablar nunca más.
Me estaba marcando un farol y lo sabía, pero necesitaba respuestas y esa manera de responder podía con mi paciencia.
Demos un paseo por los alrededores y se lo explicaré.
Lo miré incrédula.
Está bien. Sé que no se fía de mí, así que llame a su amiga y si dentro de un cuarto de hora no le ha devuelto la llamada, ella tendrá permiso para llamar a la policía si así lo cree oportuno.
Seguía sin fiarme de él, pero decidí hacer lo que sugirió.
Llamé a Ashley, le conté lo de avisar a la policía si en quince minutos no la había llamado, colgué y lo miré. Él esbozaba una sonrisa.
Supongo que podemos empezar nuestro paseo.
Asentí y nos alejamos caminando del restaurante.
Algo más tarde carraspeé e intenté volver a sacar el tema. Pero él se me adelantó.
Me llamo Marc Wilder. Soy economista. Tengo veintiocho años recién cumplidos. Supongo que esto no te servirá de mucho, pero ¿y si te digo que tú y yo nos conocimos cuando eras pequeña y que conocí a tu padre? ¿Te acuerdas de Industrias Morgan?
Me paré en seco. Por supuesto que me acordaba. Era la empresa propiedad de mi padre cuando era pequeña. Pero de conocer a mi padre a conocerme a mí había un trecho.
Sí, conocías a mi padre, pero no me conoces a mí.
En eso te equivocas, coincidimos mucho y fui tu compañero de juegos las veces en que tu familia y la mía se juntaban. Yo solo tenía unos años más que tú y era un chaval solitario, pero tú eras todo lo contrario. Eras alegre, risueña, vivaz y siempre andabas correteando de un lado para otro. —Él esbozaba una sonrisa mientras recordaba y me lo quedé mirando—. Me volvías loco con tu carácter y tu impetuosidad, pero recuerdo que me encantaba. Después pasó lo de la empresa y lo de tu padre y ni yo volví a saber de ti, ni tú de mí por lo que parece.
Lo miré. Ahora entendía muchas cosas, pero no todo. Entre otras cosas la escena del empujón de aquella mañana. Pues estaba segura de que había sido él; no me hacía falta mirarle la espalda para saberlo.
¿Y qué fue de ti? —dije porque fue lo único que se me ocurrió preguntarle. Cómo lo vivió él, aunque yo no quería recordar cómo lo pasé yo con todo aquello.
Me miró y volvió a sonreír. Si me hubieran dicho que de pequeño este hombre tan sonriente sería el chico triste y solitario que recordaba, no me lo hubiera creído.
Mi padre, mi madre y yo nos fuimos a Nueva York. Nos cansamos de vivir en Nueva Jersey y de ver aquella empresa abandonada y todo lo que había sido, así que nos fuimos a vivir a otra parte lejos de los recuerdos, que no eran malos, pero ya sabes que para nosotros fue diferente de lo que fue para ellos. —Asentí porque de veras entendía cómo se sentía—. Nos instalamos en Queens y allí vivimos hasta que me tocó ir a la universidad. Mis padres tenían algunos ahorros para que yo fuera y acabé en Boston estudiando Ciencias Económicas. Hice mis pinitos de camarero y cartero hasta que acabé la carrera y ahora soy uno de los economistas más reconocidos de mi gremio. Estoy orgulloso de mi vida, pero siempre me pregunté qué fue de ti y de tu familia. Qué pasó con vosotros.
Aparté la mirada. Sabía lo que había pasado y él también sabía la parte más importante, pero no quería desenterrar los recuerdos, así que cambié de tema.
Creo que están cerca de acabar los quince minutos y nos hemos alejado bastante de donde está el restaurante.
Él asintió y dimos la vuelta. Saqué el móvil del bolsillo y llamé a Mary. Le aseguré que me encontraba bien y le prometí que dentro de un rato estaría por allí, pero le pedí que no me esperara.
Cuando solo nos quedaban unas calles para llegar al restaurante, él me paró en seco y se me quedó mirando. Parece que quería decirme algo, pero no le llegaban las palabras... O es que quizá no sabía cómo decir lo que quería decirme.
Ashley... —me dijo en un susurro, mirándome a los ojos con intensidad.
Le respondí con un silencio, esperando que eso lo animara a hablar.
¿Te gustaría pasar la noche conmigo? —me miró esperanzado—. Quiero decir, no quiero que te acuestes conmigo ni nada, solo que pasemos la noche juntos. Hablando, haciéndonos compañía, lo que quieras.
Parecía mentira que un hombre tan imponente como aquél tuviera esa vena insegura e indecisa por momentos. Me provocaba ternura y me dieron ganas de sonreír por lo paradójico del momento, pero no lo hice. Me mantuve a la espera.
¿Qué me dices? —esta vez me lo preguntaba con una sonrisa en la boca—. Prometo no violarte.
Después me guiñó un ojo.
A mí se me escapó una carcajada ante ese comentario tan inesperado.
De acuerdo. No me lo digas dos veces o tendré que llamar a mi abogado —le aseguré de broma.
Me cogió la mano y toda la camaradería desapareció. Solo quedó un deseo que nos envolvía y una corriente eléctrica que empezaba a reconocer cada vez que me tocaba.
Él parece que también notaba ese efecto y me acerqué, me puse de puntillas, dejé que el aliento se me escapara junto a sus labios y cuando entreabrió la boca, giré la cabeza y le susurré al oído.
Vayamos a tu casa. Quiero pasar la noche contigo —le aseguré en un susurro que, por la reacción que tuvo, parece que le puso la carne de gallina.
Se puso en marcha y me tiró de la mano a la vez que se ponía a correr. Al ver que él se alejaba y no le seguía, se paró y me miró. Sonreí y le guiñé el ojo, entonces me puse a correr y le adelanté.
Así fuimos hasta su casa, que quedaba a solo unas cuantas calles del restaurante.
Llegamos al portal, introdujo la llave en la cerradura y entramos. Nos metimos en el ascensor, él se llevó las manos en los bolsillos y yo me dediqué a mirar los números hasta que llegamos a la última planta. Luego me abrió la puerta y me invitó a pasar.
La cocina estaba a la derecha según entrabas por el recibidor y se dirigió directamente a ella.
¿Quieres algo de comer? Supongo que no habrás cenado.
No, gracias, no tengo hambre.
Tengo preparados unos cuantos sándwiches por si me entra el hambre por la noche. Puedo sacarte uno.
Se giró y sacó de la nevera una fuente con cuatro sándwiches. Dos vegetales y dos de pollo. Yo me cogí el vegetal.
Sonrió satisfecho.
Que aproveche.
Gracias —dije con un trozo en la boca.
No me había dado cuenta de que desde la comida no había probado bocado.
Después se sentó a la mesa de la cocina y se me quedó mirando.
¿Qué? —pregunté sintiéndome algo violenta.
Nada. Solo te observaba. Hacía mucho que no tenía el placer de hacerlo —dijo en voz baja.
Dejé el sándwich en la encimera y le observé yo también. Nos enzarzamos en una batalla de miradas.
Come —dijo él señalando con un dedo el sándwich.
Poco a poco —dije, sin saber si me refería al sándwich o a nosotros dos.
Siguió mirándome y fui dándole pequeños mordiscos al sándwich hasta que lo terminé. No sé ni cómo pude seguir comiendo bajo su mirada observadora. Era tan profunda a veces que daba hasta miedo.
Ahora que había acabado mi sándwich, podía dedicarme a observarle a gusto. De pequeña le recordaba bastante guapo, pero ahora mejoraba los ya buenos recuerdos que tenía de él.
Tenía el pelo tan negro como lo recordaba, pero mucho más largo. Le rozaba el cuello y le caía en cascada por la frente enmarcando su cara. En el restaurante me pareció que tenía los ojos marrón caramelo, pero en realidad eran del color del caramelo fundido. Un marrón hipnotizante. Una ligera sombra de barba le cubría la boca, pero apenas se apreciaba si no estabas a una distancia corta. La nariz era recta y, bueno, qué decir de su cuerpo... Me hubiera gustado observarlo más a fondo, pero no podía arriesgarme a incomodarle con mi actitud, así que por ahora marcaría el límite en su cuello.
Mientras lo observaba, él no dejaba de mirarme a mí. Me sobresaltó al apartarse del taburete en el que se había sentado mientras yo comía y rodeó la mesa blanca hasta llegar a mi lado. Me ofreció la mano y yo me la quedé mirando sin saber qué hacer, si cogerla y tirarme a la piscina de una vez por todas u obviarla y hacer como que no me estaba invitando a algo.
Me decidí por lo primero, le cogí la mano y él, de un tirón, me hizo levantarme del taburete. Nos quedamos a menos de un dedo de distancia entre nuestros cuerpos y me hizo dar una vuelta. Al terminar de dar la vuelta me acercó otra vez a su cuerpo y, cogiéndome por las caderas, me alzó hasta pegarme a él. Nos miramos frente a frente, nariz con nariz y con la boca casi rozándose.
Lo agarré con las piernas y él levantó una mano y me acarició la mejilla suavemente. Estaba atrapada en su mirada. No podía apartar la vista de él y tampoco quería hacerlo. Volví la cabeza hacia donde su mano me estaba acariciando y cerré los ojos.
Dejé que siguiera acariciándome hasta que no pude más, me aproximé a su boca y le besé. Me respondió con un beso dulce que se fue volviendo más apasionado a medida que nuestras lenguas se enredaban, a la vez que dejábamos escapar pequeños gemidos de placer.
Echó a andar en dirección al sofá y, mientras, nuestras bocas no se separaban. Parece que habíamos estado tanto tiempo separados que todas esas ganas de reencontrarnos se habían transformado en un deseo que estábamos ansiosos por satisfacer.
Me tumbó en el sofá al mismo tiempo que se recostaba encima, pero sujetándose por las manos para no cargar todo su peso sobre mí.
Terminó el beso y se quedó de nuevo mirándome. Me hubiera gustado tanto saber qué está pensando... de mí, de nosotros, de lo que estaba pasando ahora, pero parece que sus ojos y todo su rostro hablaban por él.
Estaba deseando hacer esto —dijo sorprendiéndome.
¿Ah, sí? —dije con una pequeña sonrisa.
No sabes cuánto. Quería hablar contigo urgentemente. Pero ante todo, después de hablar contigo, tenía la esperanza de que pudiéramos estar... —dejó la palabra en el aire y después de soltar un suspiro, añadió— juntos.
Alcé las manos y le acaricié el pelo que le caía a los lados de la frente.
¿No decías que no querías acostarte conmigo? —le dije de broma.
Eso era una mentirijilla para conseguir pasar más tiempo contigo.
Confiaba en que te arrepintieras de tu promesa de no acostarte conmigo —confesé.
Y yo confío en romperla hoy, contigo. —Se acercó y me dio un beso en los labios.
Le respondí alzando la cabeza y le besé con todo el deseo que me inspiraba.
Cuando separamos nuestros labios, salí de debajo de él. Le empujé para que se tumbara en el sofá y me puse encima. Ansiaba sentirlo debajo de mí, dentro de mí, a mi alrededor.
Tú me has encontrado, pero la que te tiene a su merced soy yo —le dije con una sonrisa perversa en los labios y él sonrió de oreja a oreja al oírlo.
Soy todo tuyo, mi amor —respondió con un susurro.
Ese apelativo cariñoso hizo que me deshiciera por dentro, pero no quería hacerme ilusiones. Por lo pronto, quería pasar una noche inolvidable a su lado y no me cabía duda de que lo sería.
No me cansaba de besarle. Él respondía, pero me dejaba hacer lo que quisiera. Se había tomado en serio lo de tenerlo a mi merced y me alegraba por ello.
Botón a botón, aumentaba nuestro deseo, y yo no deseaba otra cosa que quedarme así para siempre, con él debajo de mí.
Le terminé de quitar la camisa y la tiré al suelo sin preocuparme demasiado por ella. No me importaba, solo me importaba él. Le besé aquellos pectorales musculosos mientras sus brazos se tensaban por el placer. Me alegraba poder afectarle tanto, ya que él ejercía un efecto parecido en mí.
Fui bajando poco a poco por su pecho dándole pequeños besos cargados de pasión y, cuando llegué a su ombligo, le besé aquella zona y dirigí mi mirada hacia arriba. Tenía los ojos entrecerrados, pero no se perdía detalle de todo lo que hacía.
Cuando fui a desabrochar su bragueta, puso las manos en las mías y me paró. Acto seguido, me quitó la camiseta negra que llevaba y me contempló mientras me quedaba en sujetador frente a él, mirándolo desde arriba.
Dirigió las manos al cierre y lo soltó, lo tiró por ahí y fue directo a besar mis pechos. Lo hacía tan bien que cerré los ojos y gemí. Él se incorporó por los codos a la vez que dirigía las manos hacia abajo y me soltaba el botón del pantalón. Después bajó la cremallera y, de pie, me terminó de quitar los pantalones mientras se sentaba en el sofá.
Me dejó solo las braguitas de color negro y me puso sobre su regazo. Ahí pude notar lo excitado que estaba y lo mucho que me deseaba. Casi no podía contener las ganas de arrancarle el pantalón y sentarme encima con su erección dentro de mí, pero debía esperar. Él me pedía calma y yo se la daba, aunque me costase.
Yo ya estaba húmeda cuando puso la mano encima de mis braguitas. Me sonrió y me besó. Empezó a mover el dedo por el centro de mi ser y casi grité de placer. Le urgí a que metiera la mano dentro de mis braguitas y me acariciara sin la tela de por medio, pero no quiso. Me estaba volviendo loca y no me dejaba liberarme. Pero él tenía un plan.
Después de torturarme algo más con sus dedos, bajó las manos y tiró de mis braguitas hacia abajo, me las quitó y me sentí liberada. Me tumbó en el sofá e hizo que abriera las piernas de par en par para él.
Dejé que me observara mientras veía cómo dirigía la mirada hacia mi vagina.
Se aproximó y se puso de rodillas con la cara mirando hacia mi sexo. Me miró desde allí mientras yo esperaba a ver qué era lo próximo que haría. Sacó la lengua y me dio un lametón muy intenso en el clítoris. Me retorcí de placer a la vez que ahogaba un gemido. Y se dedicó a adorarme. O al menos así lo sentí yo.
Alternaba mordiscos en mis muslos con lametones en el clítoris y yo sentía que podría derretirme bajo su boca. Aumentó la velocidad al tiempo que yo movía mis caderas con frenesí. Sentía que estaba cerca del orgasmo, muy cerca, pero no podría llegar si él no me lo permitía. Me penetró con la lengua y con los dedos me pellizcó el clítoris. Ese fue el principio del fin.
Grité con todas mis fuerzas y me sacudí. Fue un orgasmo que me recorrió entera, me dejó temblorosa y con el corazón acelerado.
Tras pegar un grito de liberación, me miró y vio como me derretía por y para él, pero antes de que yo terminara de temblar, me dio un beso en el vientre mientras esperaba a que me tranquilizara.
Cuando conseguí dejar de gritar, lo miré y vi que estaba satisfecho por lo que me había hecho sentir.
Me besó con ganas y abrió completamente la boca al tiempo que lamía mis labios profundamente. Se sentó en el sofá y me puso en su regazo, una posición en la que habíamos estado unos minutos antes. Luego se dedicó a acariciarme por todas partes como para comprobar que yo estaba bien después del orgasmo.
No hace falta que me mimes tanto —le dije, no quería que se sintiera culpable.
Quiero mimarte, te guste o no —dijo convencido y me dio un beso en la boca para reafirmarlo a la vez que me regalaba tiernas caricias por todo mi cuerpo.
Al poco rato, me alzó mientras con la mirada me pedía permiso para penetrarme. Asentí con la cabeza.
Me penetró poco a poco mientras me miraba a los ojos y yo le devolvía la mirada. Cuando lo tuve dentro de mí, le dediqué una media sonrisa, me alcé y volví a caer sobre él al mismo tiempo que él echaba la cabeza hacia atrás intentando no cerrar los ojos. Repetí la misma acción varias veces hasta que me cogió por las caderas y me alzó y me bajó sobre él unas cuantas veces. Se me empezó a poner la voz ronca a medida que gemía y él aumentó la velocidad de los movimientos al notar mi reacción.
Después de unas cuantas embestidas más, ambos gritamos y se derramó dentro de mí a la vez que yo gemía y gritaba por el orgasmo. Me besó la mejilla y me tomó la boca para absorber mis gemidos. Alcé las manos a sus hombros y le abracé mientras ambos recuperábamos la respiración. No me quitaba ojo y yo no apartaba las manos de él.
Poco después, al ver que me estaba quedando dormida, se levantó y me llevó al dormitorio en sus brazos. Le agradecí el detalle en silencio porque estaba tan cansada que no podía ni hablar.
Abrió la cama con una mano mientras con la otra me sujetaba y me tumbó con delicadeza. Se tumbó a mi lado, me abrazó y yo me acurruqué junto a él. Se estaba tan bien así... No quería pensar en que mañana me tendría que ir de su lado porque en el fondo no quería separarme de él, pero debía hacerlo.
Que descanses, mi niña.
No pude responderle. Le dediqué un murmullo para hacerle entender que le había oído y me dormí.
No me di cuenta de que después de eso susurró junto a mi oído un «te quiero».
A la mañana siguiente, me desperté con tiempo. Me giré y le vi. Dormía profundamente arropado con el edredón y sentí que no podría separarme de él si le viera despierto así que, sin hacer ruido, me dirigí hacia el salón donde estaba toda nuestra ropa tirada de anoche y la cogí.
Poco a poco me vestí y me peiné el pelo con las manos. El abrigo creo que me lo dejé en la silla de la cocina, así que me dirigí hacia allí para cogerlo. Lo miré todo por última vez. Sabía que después de esto me odiaría, pero debía hacerlo. Debía sacar las pocas fuerzas que me quedaban para irme y sería más fácil si no lo viera de frente, con su hermoso rostro y sus ojos mirándome.
Le dediqué un último vistazo a todo, con lágrimas en los ojos al mirar hacia el sofá en el que estuvimos anoche y, con todo el dolor de mi corazón, me di la vuelta en dirección a la puerta y dirigí mis pasos hacia la salida. Lo echaría mucho de menos, pero cada uno debía seguir su camino y sabía que yo no era el suyo.
Salí, cerré la puerta con cuidado para no despertarle y me marché.
Cuando salí del edificio, marqué el número de Mary y ella respondió al momento.
¿Ashley? —dijo ella con voz preocupada—. ¿Te ha pasado algo? Dijiste que vendrías y luego no lo hiciste.
Lo sé. Perdóname, Mary —dije con la voz entrecortada por el nudo que tenía en la garganta—. Ahora iré para allá, espérame, necesito hablar contigo y contarte... —hice una pausa sin saber cómo describirlo— todo. 

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